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vuelvo al cole - Elementos filtrados por fecha: Octubre 2017
Viernes, 13 Octubre 2017 20:16

TERRORES INFANTILES: LAS INYECCIONES

 

   Y LA PALABRA MÁS TEMIDA: HOY VIENE EL PRACTICANTE. 

   No sé si los niños de antes éramos más débiles y enclenques que los de ahora. O bien la medicina ha avanzado tanto que no hace falta pincharlos. Supongo que será esto último. Dentro de nuestros terrores infantiles más angustiosos superando a todos los demás (miedo a la oscuridad, a los suspensos, a alguna comida intragable y otros similares) el peor de todos con diferencia era el tener que ofrecer tu trasero a la medicina. 

   Y los que tenemos más años peor. Era cuando no existían la jeringuillas desechables; todo empezaba al llegar el practicante a tu casa con ese maletín tan inquietante. El proceso de preparación era mucho más lento y duraba unos cuantos minutos que parecían eternos. El practicante tenía que hervir previamente con alcohol la jeringuilla y las agujas para esterilizarlas utilizando el propio estuche de metal de estas como base, introducir la aguja con líquido en la ampolla para mezclar con el polvo que había en ella. Otras veces el contenido  de  la ampolla  de cristal era totalmente líquido lo que era mejor ya lo que te iban a introducir en tu cuerpo estaba más diluido. Aunque lo verdaderamente angustioso era escuchar el sonido del cristal de la jeringuilla cuando chocaba con el envase de metal. Claro que aunque te encontrases dentro de casa y a la mayor de las distancias sabías que era irremediable. Siempre lo  era, a  pesar de que te escondieses dentro de un armario, debajo de la cama (este escondite ganaba  por mayoría aplastante). Y que cuando escuchabas "¿Pero dónde se ha metido el niño/a? comenzaba la cuenta atrás. Si tenías hermanos posiblemente se convertirían en chivatos de la más baja calaña revelando  el escondite y si no sólo tardaría un poco más la tortura.

   Y la humillación de tener que bajarte el pantalón o subirte la falda. En ese momento ya estabas a merced del practicante o del familiar que también pinchaba (esto era posiblemente mucho peor). El practicante muchas veces trataba de animarte diciendo que si soplablas todo iba a ser más rápido y te dolería menos. Y tú soplabas. Y notabas el masaje del algodón empapado en alcohol. Y ya no quedaba más tiempo. Y el pinchazo que ya llegaba. Y lo que tardaba en marchar la sensación del pinchazo aunque todo hubiese terminado.

   Y  tú más feliz que una perdiz. Aunque volviese el practicante a tu casa el dia siguiente tu sabías que 24 horas daban mucho de sí. A pesar de que te ocurriese como a Bill Murray en "Atrapado en el tiempo" y repitieses tu "dia de la marmota" hasta que tu médico así lo decidiese, eras capaz de acercarte ya sin miedo al practicante que volvía a la cocina de tu casa a esterilizar la jeringuilla y las agujas por si conseguías una recompensa: un caramelo, piruleta o algunos cromos de la colección que estaba de moda. Y en ese momento sí que tus hermanos se podrían morir de envidia porque el regalo no se iba a compartir bajo ningún concepto. El sufrimiento había sido sólo tuyo.  

   Con el tiempo los practicantes a domicilio fueron desapareciendo, se volvió todo más moderno, aparecieron los ATS y las inyecciones se ponían en los centros de salud o las clínicas. Y se extendieron las jeringuillas desechables con lo que todo es más rápido aunque seguro que a los niños de ahora les sigue pareciendo interminable e igual de terrorífico. 

   Y como la medicina ha avanzado mucho en estas últimas décadas los niños prácticamente ya no se pinchan salvo para hacer algún análisis de sangre o para vacunarse. En esto sin duda todo tiempo pasado fue peor.

   Pero dentro de las inyecciones también había grados y las que se llevaban la palma eran las de penicilina y las de hierro si no recuerdo mal. Esas sí que dolían.

   Y comparable al terror de las inyecciones para algunos niños había algo peor.  ¿Qué podría haber peor?: el supositorio. Personalmente prefería esto último. ¿Y tú?.

 

Miércoles, 04 Octubre 2017 20:22

NUESTRO PRIMER PEGAMENTO.

 

   IMEDIO, UHU, SUPERGEN, LOCTITE...

   Imprescindible al comienzo del curso escolar. El pegamento nunca podía faltar en la compra del material escolar a principios de curso. Desde finales los años 60 y principios de los 70 surgieron con mucha fuerza una serie de pegamentos adaptados al uso escolar que arrinconaron a las colas de pegar y goma arábiga (Pelikan, Ebro...) que se vendían hasta la fecha en las papelerías. 

   Sin duda fueron dos las marcas más extendidas y que prácticamente coparon el mercado. Nos referimos a la clara vencedora, pegamento Imedio y a su inmediato perseguidor, la alemana UHU, la del buho. Imedio era a los pegamentos escolares lo que Bic a los bolígrados, Alpino o Plastidecor a las pinturas de colores, Noris a los lápices, Sam a las libretas o Milan a las gomas de borrar. Imedio era realmente el apellido de Gregorio, un inquieto manchego que tuvo la genial idea de crear un pegamento en plena España de la posguerra (1944). A partir de entonces fue creando una marca y unos productos que se hicieron presentes en la vida de los estudiantes españoles. El pegamento se presentaba en 3 tamaños según las necesidades de cada uno: pequeño, mediano y grande. Aunque creó varias gamas de pegamento (banda roja, banda marrón), el que más éxito tuvo sin lugar a dudas fue el de la banda azul.

   Y apoyando al producto creó una publicidad paralela que se hizo muy conocida y logró mucho éxito durante años. Era el eslogan "¿Se rompió?. ¡¡¡No importa!!!. El remedio: pegamento Imedio, lo que reforzaba el mensaje de pegamento potente. Y sin duda recordaréis los calendarios de bolsillo con esta publicidad. Editados por Heraclio Fournier (el de los naipes). A todo color, con mucho humor y con dibujos en los que incluso se dibujaban situaciones inverosímiles: el portero al que un balonazo destroza el poste de la portería, el esquiador al que se le rompe el esquí en un descenso, el de la torre inclinada de Pisa, el dentista que extrae al paciente la muela que no corresponde, la rueda de la carreta que se rompe, el pirata al que se le quiebra la pata de palo, el señor al que se le ha separado la cabeza del resto del cuerpo...

   Dicen que el pegamento es tóxico pero en aquellos años de mi infancia se le daba a veces otro uso que no era el escolar: se dejaban secar gotas de pegamento y después podía utilizarse como chicle, hay quien lo utilizó a modo de regueron de pólvora para quemarlo o gastar bromas bastante pesadas como dejarlo recién sacado del tubo en la silla del algún compañero... que salvajes fueron los año 70. Y mucho cuidado con que se pegase a la ropa porque era imposible eliminarlo antes de llegar a casa para que tu madre no lo viera.

   Al margen de este tipo de pegamento recuerdo el de color blanco. También se utilizaba para manualidades aunque era menos fuerte que el anterior y tal vez más indicado para preescolar y primeros años de la EGB. Algunos recordaréis la marca Loga o también Imedio. 

   Pero para  un uso más exigente estos pegamentos se quedaban cortos. Para otras manualidades más elaboradas y exigentes en la que utilizábamos cartón, plástico e incluso madera teníamos que trabajar con algo más potente. En estos casos el pegamento de mayor uso y éxito fue el Supergen con tubos más grandes que los escolares. Lo bueno del Supergen es que también podía servir para la chapuzas caseras por lo que era un pegamento que siempre se tenía en casa. Y sin Supergen no fuera suficiente surgió el pegamento que PEGABA TODO literalmente: el Super Glue de Loctite aunque su uso era muy puntual había que tener mucho cuidado por su potencia e inmediatez. La curiosidad infantil era demasiado grande y muchos dedos se quedaron pegados con el consiguiente susto de los padres.

   Ya a principio de los 80 otro tipo de pegamento comenzó a discutir la hegemonía del pegamento líquido. Aparece el stick o pegamento de barra. Al principio llamó mucho la atención porque se parecía a un pintalabios. Pero enseguida se extendió su uso. Funcionaba perfectamente para manualidades no complicadas y con la ventaja añadida de que no se derramaba, no manchaba ni estropeaba la ropa ni cualquier otro objeto con lo que era ideal para su uso por los más pequeños; además su precio era muy asequible para todas las economías. Y quién se llevó el gato al agua fue Pritt que prácticamente copó el mercado a pesar de los intentos de Imedio y su pegamento de barra. La marca que fabricaba Pritt era Henkel, la empresa de detergentes alemana que tan presente estaba en nuestros hogares con productos como Dixan, Persil, Perlan, Tenn, Mistol o Wipp Express.

    Seguro que tenéis muchas anécdotas relacionadas con el pegamento, es que de pequeño el poder de pegar cosas tenía una atracción irresistible.

   

   

Publicado en AQUEL MATERIAL ESCOLAR